Palabra del Día

Los derechos sobre este texto se rigen por la Convención Universalde Derechos de Autor y queda terminantemente prohibida su reproducción
por cualquier medio impreso, electrónico, radiofónico o digital.Por Ricardo Soca, © 2002 en adelante

infante

En español llamamos ‘infancia’ al período de la vida que va desde el nacimiento hasta la adolescencia (v. adolescencia).

En España, desde el siglo XIII se llama ‘infantes’ o ‘infantas’ a los hijos legítimos del rey nacidos después del primogénito (príncipe o princesa), no importa cuál sea su edad. En latín, en cambio, la palabra infans -ntis (de la cual proviene ‘infante’) se formó con el prefijo privativo in- antepuesto a fante, que era el participio presente del verbo fari ‘hablar’, o sea que infans significaba literalmente “no hablante”, es decir, era un niño tan pequeño que todavía no hablaba, un bebé o un lactante, diríamos hoy, sentido que la palabra mantiene aún en inglés, lengua en la cual infancy se usa para referirse apenas a los bebés.

Fante pasó sin cambios al italiano con el significado de “muchacho, mozo”, pero pronto adquirió el sentido de “servidor, criado” y más tarde se aplicó a los soldados de a pie, que eran considerados criados de los señores. A mediados del siglo XVI, se empezó a usar en español ‘infante’ con ese significado y un siglo más tarde, surgía la palabra ‘infantería’, aplicada a los batallones en los que servían estos soldados.

inexorable

Esta palabra habla de cierta decisión que no va a ser modificada de manera alguna, no importa cuánto se ruegue al que la adoptó.

La palabra proviene del latín inexorabilis, un adjetivo que se aplicaba a aquel a quien no era posible conmover mediante ruegos ni oraciones porque era absolutamente inflexible. Veamos cómo está compuesta: orabilis es en latín “aquello que es posible pedir”. Si se le añade el prefijo ex-, tenemos el vocablo exorabilis, que significa “que puede ser disuadido mediante ruegos”, y también “que se deja corromper o sobornar”. Inexorable sería, pues, aquel que no se deja convencer, que no es exorabilis. Horacio usa inexorabilis auro para denotar “que no se deja convencer por el oro”.

Cabe añadir que orabilis proviene de orare ‘rogar’, ‘pedir’, ‘solicitar’, que se derivó, a su vez, de oris ‘boca’, presente también en oral, oración, orador, perorata y hasta en la palabra oráculo (de la pitonisa).

dicha

El vocablo dicha, proveniente del verbo decir, significa “las cosas que se dijeron”, pero también “felicidad, buena suerte”.

¿Cuál es la relación del verbo decir con este último significado? Los romanos creían que la felicidad dependía de algunas palabras que los dioses o las parcas pronunciaban en el momento del nacimiento de una criatura, de tal manera que el destino quedaba trazado en la dicta ‘la cosa dicha’. Esta antigua creencia romana está también en el origen de la palabra hado ‘destino’, que proviene de fatum, participio pasivo de fari ‘hablar’, ‘decir’.

calimba

‘Calimba’ es un cubanismo que refiere al hierro de marcar el ganado. Los esclavos africanos eran marcados a fuego con un hierro candente por sus amos para atestiguar su propiedad. La Academia Española registró en la edición de 1899 del diccionario, la voz ‘carimba’, como peruanismo (en ediciones posteriores la marca local se extendió a Cuba) y ‘carimbo’, en 1925, como bolivianismo.

En el portugués de Brasil ‘carimbo’ designa hoy un sello de tinta para marcar documentos. De ‘carimbo’ y ‘calimba’ se han formado los verbos ‘calimbar’ en español y carimbar en portugués, con el significado de ‘marcar’ o ‘sellar’.

Varios etimólogos brasileros creen que la palabra proviene del quimbundo kirimbu (señal, sello) con cambio de la primera ‘i’ por ‘a’. Por su parte Corominas afirma que ‘kirimbu’ sería en realidad un portuguesismo creado por los africanos, y que ‘carimbo/calimbo’ provienen del español ‘gálibo’, que también dio ‘calibre’. En apoyo de su hipótesis, señala el hecho de que ‘calimbo’ aparece ya en ‘La pícara Justina’ (1611):

[…] por aora vsa es s para motolitas1 que no saben de carro y toda broça, que las de las de mi calimbo saben hazer de vna cara, dos, y en caso de visita, saben dar á vn obispo cardenales […].

Rolando Laguarda Trías, quien desecha la propuesta de Corominas por considerar que la estructura del vocablo es «netamente quimbunda», consignó en un artículo publicado en 1969 en el Boletín de la RAE que «en los inventarios de los esclavos de Juan Manuel de Rosas, levantados en 1825, aparecen en un total de treinta y tres esclavos, cuatro carimbados con distintas marcas en la frente, carrillos, pecho o brazos».

mano

Mil quinientos años antes de nuestra era, los pueblos prehistóricos indoeuropeos usaban la raíz man- para referirse a la mano. Los latinos heredaron esta raíz y le dieron la forma manus, que en nuestra lengua dio lugar —a partir de mano— a una vasta familia de palabras:

  • manual es todo aquello que hacemos a mano o también el libro que nos enseña a ejecutar algunas tareas que en un tiempo fueron manuales;
  • manera es la forma de mover las manos, de hacer cosas con ellas;
  • maniobrar es hacer obra con las manos;
  • manufacturar es trabajar —inicialmente con las manos— las materias primas para hacer con ellas objetos útiles;
  • manuscrito es un texto escrito a mano.

mucama

En numerosos países hispanoamericanos, mucama designa a una criada del servicio domástico o, en algunos casos, a las personas encargadas de la limpieza de un hotel u hospital.

A pesar de que el Diccionario de la Academia marca este vocablo como “brasileño de origen incierto”, llama la atención el hecho de que aparezca tambián en Cuba, país que, prácticamente, no ha recibido influencia lingüística de Brasil.

Ocurre que esta palabra proviene de mukama, voz de la lengua africana quimbundo, con el significado de “esclava que es amante de su señor”. Como el quimbundo se habla en Angola, de donde provenían buena parte de los esclavos llevados tanto a Brasil como a Cuba, parece evidente que mukama de haber ingresado directamente desde el Continente Negro hacia esos países y sufrido en ambos el mismo cambio de significado.

pollino

Como se sabe, ‘pollino’ es uno de los nombres del burro.

¿Qué tiene que ver un pollo con un burro? Se diría que muy poco, exceptuando apenas uno de los nombres del cuadrúpedo: ‘pollino’, del latín pullinus ‘de animal joven’. Plinio llamaba pullini dentes a los primeros dientes de los caballos y pullus asinae al borrico de corta edad, mientras que Horacio denominaba pullus ranae a la rana pequeña.

Pullus, que también dio lugar a ‘pollo’, era asimismo el hijo de la gallina, desde su salida del huevo hasta convertirse en animal adulto.

La palabra latina proviene de una raíz de las lenguas prehistórico indoeuropeas, pu-lo-, formada por pu- ‘animal joven’ y el diminutivo -lo-.

satélite

A pesar de que desde Nicolás Copérnico (1473-1543) sabemos que la Luna es satélite de la Tierra y que muchos otros planetas, como Júpiter o Saturno, tienen los suyos, lo cierto es que esta palabra se hizo de uso cotidiano sólo a partir de 1957, cuando la Unión Soviética puso en órbita el primer satélite artificial, el Sputnik I. Pocos imaginaban por entonces que aquella novedad —vista por entonces como una hazaña tecnológica, pero sin mayores consecuencias prácticas— tendría una importancia tan fundamental en las telecomunicaciones y en la vida cotidiana del mundo de hoy.

El vocablo español proviene del latín satelles, satellitis, tomado del etrusco y usado por los romanos para designar a los soldados de la escolta personal de un rey, príncipe o emperador. Según una leyenda romana, el primer gobernante que tuvo guardaespaldas fue el último rey de Roma, Tarquino el Soberbio (534-509 a. de C.). Posteriormente, por una bella metáfora, la palabra pasó a designar, aún en latín, los cuerpos celestes que orbitan en torno de algunos planetas.

brasilero

¿Cuál es el gentilicio de los nativos del Brasil? La Real Academia incluye en su diccionario tanto brasileño como brasilero, lo que suele llevar a preguntarse cuál es la forma más adecuada. Muchos autores americanos han criticado el uso de ‘brasilero’, a pesar de que esta voz está ampliamente difundida en Argentina, Chile, Colombia, Ecuador y Uruguay. Suenan inadecuadas algunas recomendaciones peninsulares que no se fundamentan, tales como «Prefiérase brasileño», como si la norma se dictase desde Europa para los 450 millones de hablantes.

El poeta uruguayo Adolfo Berro (1819-1841) observó con acierto que ‘brasileño’ «es palabra formada en la Colonia, de acuerdo con los cánones del español hablado por el hombre de la conquista« y señaló que el sufijo -ero está más en concordancia con la palabra portuguesa brasileiro. La literatura rioplatense contiene numerosos ejemplos de preferencia en América por la forma ‘brasilero’, como en este trozo de los Cantos del peregrino, de José Mármol: Mira, allí va un ministro brasilero, con sesenta o más años si tú quieres.

O en esta oda de Carlos Guido y Spano, dedicada al presidente de Brasil Manuel de Campos Salles (1898-1902):

Del gran país procede
cuyo radiante emblema es el Crucero,
y que a ninguno cede
en esplendor ni puede
compararse otro edén al brasilero.

Lo que antecede no debe ser considerado de manera alguna como rechazo de la norma «recomendada» por la Academia sino como un mero registro de la variedad que enriquece nuestra lengua.

geografía

Las palabras que empiezan con geo- provienen, en última instancia, de la raíz prehistórica indoeuropea ge- ‘tierra’, que dio lugar en griego a Gaya o Gea, la Madre Tierra, hija de Caos, en la mitología olímpica.

En homenaje a la diosa, su nombre se ha convertido en varias lenguas en prefijo para denominar las ciencias que estudian el planeta.

Así, geografía se formó con el nombre de Gea y el elemento compositivo -grafía, que significa «descripción», pues esa disciplina se aboca a la «descripción de la Tierra». Análogamente, mediante el uso de gea y el elemento compositivo -logía ‘tratado’, ‘estudio’ o ‘ciencia’, se forma el nombre de la geología.

El nombre de la antigua divinidad helénica, madre de Urano, está presente en otras palabras de nuestra lengua y de muchas otras, tales como ‘geodesia’, derivada de la voz griega geodaisía, formada por el nombre Gaya y el vocablo griego daieim ‘partir’, ‘dividir’, que da nombre a la ciencia que determina la forma y magnitud del globo terrestre.

La geometría fue, originalmente, la ciencia que se dedicaba a medir la Tierra y partes de ella, aunque actualmente es «el estudio de las propiedades de las figuras en el plano y en el espacio».

En astronomía, apogeo es el punto de la órbita de la Tierra más alejado del Sol, del griego apógeios ‘que viene de la Tierra’, formado con el prefijo apo-, que indica alejamiento. En sentido figurado, se utiliza hoy como «punto culminante de un proceso». ‘Perigeo’, del griego perigeios, es «el punto más próximo a la Tierra de la órbita de un astro o un satélite artificial».

elefante

Animal de tamaño impresionante (los de Botswana llegan a medir hasta cuatro metros de altura), inteligente, cariñoso, dotado de una trompa llamativa. Cabría pensar que el elefante obtuvo su nombre de alguna de estas cualidades, pero fue de sus colmillos de marfil de donde surgió la denominación por la cual es conocido. Los griegos llamaron a estos animales elephas, término que inicialmente significaba “marfil”, como podemos constatar en chryselephantine, de donde proviene nuestro ‘criselefantino’ (v: criselefantino) ‘pieza escultórica hecha de oro y marfil’. La palabra fue heredada por los latinos como elephas -ntis; pero en la Edad Media cambió en latín, en inglés y en francés a olifantus.

El desconocimiento de este animal era tal en los países europeos, que en inglés antiguo se llamó olfend al camello… ¡por confusión con el elefante!

En español, la palabra aparece con su forma actual desde mediados del siglo XIII:

Mas los romanos non pudieron entrar en las azes de los de asdrubal por los elefantes que les espantauan los cauallos. e por esso ouieron su acuerdo e buscaron manera de que se pudiessen luego ayudar (Alfonso X el Sabio: Estoria de España I).

En inglés, la forma original elephant solo volvió a prevalecer a partir del siglo XIV, y fue usada para designar también al marfil hasta comienzos del siglo XVIII.

En español, se acuñó la expresión ‘elefante blanco’, tomada del inglés, para referirse a un bien cuyo mantenimiento cuesta tanto dinero que en poco tiempo se vuelve insostenible. Esta expresión nació de la costumbre de los reyes de Siam de regalar elefantes blancos a los cortesanos que les desagradaban. Como estos no podían deshacerse de un regalo del rey, acababan arruinados por el costo de su mantenimiento.

África es el destino más codiciado por los cazadores de elefantes de todo el planeta, y Botsuana, al sur del continente, es uno de los lugares preferidos por los amantes de la caza mayor. La caza de este paquidermo es considerada un deporte de reyes y de millonarios, y abril es el mes recomendado para cobrar grandes piezas, en cacerías cuyos precios pueden llegar a los 30.000 euros.

psicología

El nombre de esta disciplina fue creado en el siglo XVI por el humanista alemán Philipp Melanchthon (1497-1560), tomando el radical griego psykho- ‘alma’, proveniente de psykhé ‘soplo de vida’, ‘aliento’, y el sufijo -logía ‘ciencia’, ‘disciplina’, ‘tratado’, formado a partir de logos ‘palabra’.

Melanchthon se refería a un cierto “estudio del alma”, pero el sentido actual de este vocablo como “estudio del funcionamiento de la mente humana” o, para algunas escuelas, “del comportamiento humano”, aparece a partir del siglo XVIII, aunque los pensadores de esa época opusieron al comienzo una enconada resistencia a la aceptación de la psicología como ciencia.

La psicología comenzó a ser aceptada en el ámbito científico en forma más amplia a partir del segundo cuarto del siglo XIX, con el desarrollo del conductismo, principalmente en los Estados Unidos, y con los trabajos médicos sobre la histeria que se llevaron a cabo en Europa y que desembocaron en el surgimiento del psicoanálisis.

Fueron los médicos franceses del hospital de la Salpetrière, de París, quienes crearon en 1842 el término psychiatrie, del cual se derivaron el inglés psychiatry, el alemán Psychiatrie, el italiano psichiatria y el español psiquiatría, para denominar la parte de la medicina que trata de las enfermedades mentales. La palabra se formó mediante la ya mencionada psykhé unida a iatréia ‘tratamiento’, derivada de iatrós ‘médico’.

La Academia Española decidió, en la edición de su diccionario de 1956, que ‘psicología’ y las voces afines se debería escribir sin la p etimológica inicial, que corresponde a la letra griega psi, pero tal decisión no fue seguido por autores de obras de psicología, psiquiatría y ciencias sociales, quienes mantienen la p inicial. Una preferencia abrumadora por la permanencia de la p se verifica en el propio corpus de la Academia, de donde se supone que la docta casa extrae los datos para su diccionario.

narcisismo

Narciso era un joven de extraordinaria belleza, pero que desdeñaba el amor. Cuando nació, sus padres consultaron al viejo adivino Tiresias, quien les dijo que el niño llegaría a viejo si evitaba mirarse a sí mismo. Durante su adolescencia, Narciso despertó intensas pasiones en incontables ninfas y jóvenes de su edad, pero jamás se interesó por ninguna de ellas. Hasta que un día la ninfa Eco se enamoró perdidamente de él y, desesperada ante la indiferencia del amado, se refugió en la soledad y adelgazó hasta quedar convertida en una roca fría, que sigue repitiendo hasta hoy las voces que oye a su alrededor (v. eco).

La diosa Némesis, dispuesta a vengar a Eco, un día de mucho calor, hizo que Narciso se inclinase a beber sobre una fuente. Cuando el joven vio su rostro tan hermoso, se apasionó de inmediato por él e introdujo su cabeza dentro del agua, con lo que murió ahogado en pocos minutos. Al pie del manantial, nació una flor que los griegos llamaron nárkissos, y que llegó hasta nosotros como ‘narciso’, a través del latín narcissus.

El psicoanálisis retomó la leyenda de Narciso para explicar el proceso psíquico por el cual algunas personas son incapaces de amar a otro y solo se aman a sí mismas, lo que a veces —según los psicoanalistas— desemboca en el amor a personas del mismo sexo. Sigmund Freud, en su obra Introducción del narcisismo (1914), lo define como “el estancamiento de toda la energía de la libido en el yo”. La palabra se usó primero en alemán como Narzissmus (y no Narzissismus), traducida al inglés primero como Narcissus-like, luego como narcismus y, finalmente, con el término actual narcissism, que llegó al español como ‘narcisismo’, registrado por primera vez en la edición del DRAE de 1936.

moneda

Pieza de metal, generalmente en forma de disco, acuñada con los distintivos elegidos por la autoridad emisora para acreditar su legitimidad y valor. También, por extensión, billete o papel de curso legal.

El término proviene del nombre del lugar donde se acuñaba moneda en Roma: una casa situada al lado del templo de la diosa Juno Moneta, bajo cuya protección estaba. El escritor latino Livio Andrónico le dio a la diosa este sobrenombre, Moneta, después de que los gansos que vivían alrededor del templo, en el monte Capitolio, advirtieran con sus graznidos a los romanos de un ataque de los galos. ‘Avisar’, en latín, es monere (de donde provienen ‘admonición’ y ‘monitor’) y por eso, la diosa, a la que se atribuyó el aviso de los gansos, fue llamada desde entonces Juno Moneta. Como su templo estaba al lado del lugar donde se fundían los denarios (de ahí, dinero), las monedas tomaron ese nombre.

hápax

Hay palabras que aparecen una sola vez en una lengua, como Ptyx, utilizada por Mallarmé en Plusieurs sonnets. En la Biblia, el vocablo hebreo Golem aparece una única vez. Chaucer empleó cierta vez Nortelrye con la denotación de ‘educación’. Hace poco tiempo mencionamos el vocablo español ‘galicursi’, inexistente en la lengua pero incluido en el diccionario académico a partir de una ocurrencia de 1936. A George Bernard Shaw se atribuye la palabra ghoti, creada para mostrar las peculiaridades ortográficas del inglés. En efecto, ghoti sería equivalente a fish si gh se pronunciara como en enough /f/, o, como en women /i/, y ti, como en nation.

Obviamente estas palabras, como los ‘cronopios’ de Cortázar, reaparecen luego en forma metalingüística, es decir, se habla de las palabras mismas, pero no se las emplea para denotar nada.

Estos vocablos tan peculiares se llaman hápax, expresión creada en 1654 a partir del griego ‘hápax legómenon’. El diccionario de la Academia Española define así ‘hápax’: En lexicografía o en crítica textual, voz registrada una sola vez en una lengua, en un autor o en un texto.

Podrá decirse, y estaré de acuerdo, que ghoti no es propiamente una palabra sino una grafía diferente propuesta para un signo ya existente, pero tal vez haya valido la pena la mención.

cuaresma

Es el período durante el cual los cristianos se preparan para conmemorar su Semana Santa y Pascua de Resurrección. La cuaresma, que empieza el Miércoles de Ceniza (el día siguiente al martes de Carnaval) termina el Jueves Santo, en memoria de los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, según el Evangelio.

La palabra proviene del latín quadragésima dies (día cuadragésimo). En realidad serían 44 días, pero se excluyen del cómputo los cuatro domingos de ese período. En inglés, la cuaresma se llama Lent, tomado del inglés medio Lenten, que significaba ‘primavera’.

rúbrica

Antiguamente, los documentos muy importantes llevaban un acápite escrito con una tinta de color ocre que se fabricaba a partir de la hematita o mineral de hierro.

Años más tarde, también se hizo común adornar la firma de una persona con trazos de ese color, que en latín era llamado ruber, -bra, -brum. Del hábito de añadir esos trazos rojizos para personalizar la firma, se derivaron el verbo rubricar y el sustantivo rúbrica.

rotisería

Según el diccionario Clave: «En zonas del español meridional, tienda de alimentos preparados». Sin embargo, este vocablo no solo se emplea en el sur de España, sino también en América, como nos muestra este texto de Bazar de cuentos, de la escritora paraguaya Yula Riquelme de Molinas:

A eso de la una, Pepe, que es un pan de Dios, pasará por la rotisería de la esquina y, ¡listo el pollo! El almuerzo estará resuelto.

La palabra proviene del francés rôtisserie, del mismo significado, procedente del verbo rôtir ‘asar’ -hasta el siglo XII, rostir-, formada a partir del franco raustjan, que también está presente en el alemán actual rösten.

galicursi

Se adjetiva así al uso de palabras francesas por esnobismo, por afectación. Los vocablos no siempre surgen en el seno de los hablantes, también pueden ser inventados en la literatura, así como Cortázar inventó ‘cronopio’, que él imaginaba como ‘seres verdes que flotan en el aire’.

Este es el caso de ‘galicursi’, un vocablo que en el corpus histórico de la Academia, llamado CORDE, cuenta con un único caso, en un artículo de prensa del escritor y periodista Pedro de Répide publicado en 1936. Un único caso en 450 millones de palabras es prácticamente igual a cero. Tras mucho buscar, me hicieron llegar otros dos casos publicados muchos años más tarde el diario barcelonés ‘La Vanguardia’, evidentemente tomados del diccionario.

Se supone que los corpus son depósitos de texto de donde las academias extraen las palabras que «surgen en el seno del pueblo», pero ‘galicursi’, más que obra de un periodista que la usó, a lo que sabemos, una única vez, es un vocablo inexistente en la lengua, plantado en el diccionario por decisión de los académicos. Véase, entre otras en situación similar, ‘bardaje’, ‘zurruscarse’.

El diccionario dice que ‘galicursi’ viene del latín gallus + ‘cursi’, pero parece más probable que De Répide se haya inspirado en el vocablo castellano ‘galo’.

Agradezco a mi buen amigo Alberto Gómez Font, quien me dio a conocer galicursi.


Nota ortográfica del autor: Algunos lectores observaron que en el envío de la palabra payaso aparece la palabra ‘traje’ escrita con ‘g’, es decir, con la forma ‘trage’.
No hay allí ningún error, como algunos pudieron pensar; se trata de una cita entrecomillada del Diccionario de la Real Academia de 1817. Traje aparece en el diccionario con su grafía actual desde la edición de 1832; antes era trage. Lo mismo ocurrió con ‘mujer’, que se escribió con ‘g’ también hasta la edición del 1832, cuando apareció por primera vez con su escritura actual. La ortografía de las citas antiguas, entrecomilladas, no se debe actualizar, al menos en textos dirigidos a un público culto y bien informado como es el de La palabra del día.

payaso

Uno de los personajes tradicionales de la commedia italiana era una especie de bufón, vestido con ropas estrafalarias confeccionadas con la misma tela burda que se usaba para recubrir los colchones de paja. Por esa razón, se le llamó pagliaccio, palabra formada a partir del italiano paglia ‘paja’, derivado del latín paleae, palearum.

En francés, en la segunda mitad del siglo XVIII, se llamaba a este personaje paillasse, una antigua palabra que desde hacía cinco siglos significaba “bolsa de paja”.

En castellano, la palabra payaso aparece registrada en 1884, en un poema de Manuel Breton de los Herreros:

Otro con importunas contorsiones
Cual payaso en grotesca pantomima
Piensa mover del pueblo las pasiones.

Pero ya figuraba en el Diccionario de la Academia en su edición de 1817, como «el que en los volatines y fiestas semejantes hace el papel de gracioso, con ademanes, trages y gestos ridículos».

 
semana

El hábito de agrupar los días en períodos de siete unidades, que hoy llamamos ‘semana’, es original de los babilonios y fue adoptado por los griegos y los romanos, que dieron nombre a estos períodos sobre la base del número siete. Los griegos los llamaron hebdomás, de hepta ‘siete’, palabra que perdura hasta nosotros en ‘hebdomadario’, que significa ‘semanal, semanario’. En Roma se adoptó el nombre septimana, que llegó al español como semana ya en el Cantar de Mio Cid:

Aqui les pongo plazo | de dentro en mi cort:
a cabo de tres semanas | en begas de Carrion
que fagan esta lid | delant estando yo.

Entre los romanos, el gran prestigio de la astrología llevó a introducir la semana de siete días, basada en la idea babilónica de las siete mañanas, y los nombres de los días fueron tomados de astros y dioses equiparados a los babilonios. De esta forma, el lunes se llamó así en homenaje a la Luna; el martes recordaba al dios de la guerra, Marte para los romanos; el miércoles, al dios del comercio, Mercurio; el jueves a Júpiter (dies Jove o día de Júpiter), y el viernes, a Venus. Para los romanos, el sábado era el día de Saturno, pero con el advenimiento del cristianismo el nombre dies Saturni fue cambiado por Sabbatum, derivado del hebreo sabbath, proveniente de sabath ‘descansar’, que entre los judíos designa al día semanal de descanso. En latín, el domingo se llamaba Solis dies ‘día del Sol’, pero los cristianos cambiaron ese nombre a Dominica, que significaba ‘día del Señor’ (dies dominus).

bicicleta

Proviene de la palabra griega kyklos ‘círculo’, ‘objeto circular’, a través del latín tardío cyclos. Con esta palabra y el prefijo latino bi-, se formó la voz inglesa bicycle, que pasó al francés sin cambios, aunque muy pronto los franceses prefirieron adoptar su diminutivo, bicyclette. Esta forma fue adaptada a bicicleta por el español, el portugués, el catalán y el rumano.

En 1816, el barón Karl von Drais ideó un vehículo que se impulsaba directamente con los pies sobre el suelo, al cual se llamó draisine en su homenaje. En 1839 el herrero escocés Kirkpatrick MacMillan le agregó pedales y palancas de conducción. Más tarde, Pierre Michaud y su hijo Ernest introdujeron pedales sobre una de las ruedas y aumentaron considerablemente el diámetro de la rueda delantera, que llegó hasta 1,5 m.

Dos décadas más tarde, el inglés Lawson le añadió la transmisión por cadena y el cuadro que unía las dos ruedas, el sillín, los pedales y el manillar, y dio origen a lo que se puede considerar como la primera bicicleta. El nuevo vehículo se completó en 1887 cuando el veterinario irlandés John Boyd Dunlop inventó el neumático y la válvula.

nigromancia

Mucha gente tiende a relacionar esta palabra con la magia negra, pensando que el nigro- se deriva de ‘negro’, y el propio diccionario de la Academia incluye una segunda acepción, marcada como coloquial, de ‘magia negra o diabólica’.

La Academia indica que nigromancia se deriva de necromancia, la adivinación mediante la invocación a los muertos. Una y otra provienen del griego nekromanteia, formada por nekros ‘muerto’ (como en ‘necrosis’, ‘necrópolis’), pero, probablemente, la forma ‘nigromancia se debe a la idea de magia negra, que, en realidad, no tiene nada que ver con su origen.

A pesar de la afirmación académica, en diversos corpus del idioma hemos hallado ‘nigromancia’ en textos de Alfonso X el Sabio (siglo XIII), mientras que ‘necromancia’ sólo aparece a partir del siglo XVI, y nunca fue muy frecuente.

restaurante

En 1765, un pequeño empresario francés de apellido Boulanger abrió en París una casa de comidas. En el frente puso un cartel en latín vulgar en el que se podía leer: Venis ad me omnes qui stomacho laboratis et ego restaurabo vos (Venid a mí los que tenéis el estómago vacío que yo os lo restauraré).

En aquella época no había casas de este tipo, sólo existían las tabernas, pero en ellas se servía apenas vino y otras bebidas y, a veces, algún picadillo. El éxito de la casa de Boulanger no fue inmediato, pero cuando ocurrió ¿veinticuatro años más tarde, tras el estallido de la Revolución francesa¿, fue tan resonante que los establecimientos como el suyo, llamados primero restaurat y más tarde restaurant, se multiplicaron rápidamente por todo París y no demoraron en aparecer en otras capitales europeas. Uno de los primeros clientes de Boulanger fue el enciclopedista Denis Diderot, quien elogiaba mucho sus platos, aunque admitía que el lugar era «un poco caro».

Antes de la Revolución de 1789, los castillos y mansiones de las familias aristocráticas de Francia mantenían grandes y sofisticados equipos de cocina pero, con el fin del Antiguo Régimen, muchos jefes de cocina y cocineros desempleados abrieron sus propios restaurantes, al punto de que en 1804 había en París más de quinientas casas inspiradas en la idea de Boulanger, lo que permitió que el producto del trabajo de algunos de los jefes de cocina más célebres de la historia fuera saboreado por primera vez por paladares plebeyos.

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